El camino hacia mi última maternidad

Abro las puertas de mi parcelita privada, a petición de un amigo para compartir mi vivencia y mis reflexiones de esta última maternidad, mi último regalo de vida. Espero que os aporte.

El embarazo fue tiempo de espera, de reflexión, de autoconocimiento y también de preparación para recibir una nueva vida. Me preparé a nivel físico y también a nivel emocional pues, a pesar de que iba a ser mi tercer parto y en teoría sabía qué me esperaba, quería que fuera un momento nuestro, un aprendizaje de vida, de empoderamiento y de superación tanto para nosotros como pareja como para nuestra pequeña en su vida.

Era una oportunidad, además, para sanar esa parte que “me robaron” en mis anteriores alumbramientos donde no fui, ni fuimos una parte activa sino pasiva, no se confió en mí ni en mis hijos para nacer y se recurrieron a muchas intervenciones externas que ahora quería evitar. Esto supuso un camino de hacerme consciente  de mis miedos y de creerme capaz de afrontarlos.

Desde el nacimiento de mi primera hija yo no soy la misma persona. He sufrido una metamorfosis que al igual que sucede con las orugas, ha hecho que tenga que esforzarme por ir rompiendo los hilos del capullo mientras van creciendo las alas. Son muchas las personas que han puesto y ponen en mi camino hilos de los que he tenido y tengo que tirar a diario. En este tiempo me he encontrado con la psicología individual de Adler, con mi entrenadora Marisa Moya que puso a mi alcance los hilos de la disciplina positiva y tirando de ellos me conocí un poquito más, hoy sé por ejemplo que una parte inconsciente de mi  (el llamado estilo de vida en la psicología de Adler) me empuja a evitar el dolor y el estrés,ambos muy presentes en la vida y en parto, sabiéndolo tengo el poder de elegir cambiarlo o al menos de intentarlo cada día. Me encontré también con la neurosicoeducación, que cada día me pone hilos nuevos de los que tirar que abren puertas a mi autoconocimiento . Me encuentro a diario con los hilos de mi trabajo, que son la gran oportunidad para encontrarme a personas que también hacer crecer mis alas. Por supuesto a diario mis hijos y mi marido, mis amigos y personas cercanas ponen hilos que hacen que esa metamorfosis no pare y siga en constante transformación para poder ser mejor persona.

En mi proceso de preparación al parto, conté con una persona y gran profesional que también puso muchos hilos para que yo tirara. Es fisioterapeuta experta en la atención integral de la mujer se llama Diana Jimenez,  podéis leer sobre ella y su trabajo aquí. Gracias a ella, me di cuenta de que me daba miedo el dolor. De que me había enfrentado a los otros dos partos diciendo y pensando que podía, pero sin creérmelo. Ella tejió parte de las alas de mi confianza para que me enfrentase al tercer parto creyendo en mí misma. Puso en mis manos el hilo del DOLOR y del MIEDO para que yo pudiera tirar y tejer con él las alas de la confianza y el autocontrol.

Un día en una de las sesiones con ella para embarazadas hicimos un ejercicio que para mí fue clave, consistía en ponernos un palo en los pies y concentrarnos en las sensaciones: primero dejas de estar cómodo, luego comienzas a estar más molesto, sientes algo de dolor y tu tendencia es correr a quitar el palo. Si lo haces consciente, si en ese momento te concentras, respiras y gestionas…. La sensación cambia, tú tienes el control.

El miedo ha estado presente desde el inicio del embarazo, primero una pequeña amenaza de aborto, luego el riesgo de cesárea porque la peque no se girase pues en las últimas ecografías estaba de nalgas y más tarde la posibilidad de inducir el parto porque estaba llegando a la fecha límite de gestación. Una palabra bastaba en las clases de Diana para gestionar ese miedo: CONFIANZA. Confía en tu proceso, confía en tu hija y confía en ti. Ese es el mensaje interno que me repetía a mí misma cuando acechaban los pensamientos negativos. Y así fue, confiando llegamos al día 24 de enero, día límite para poner en marcha el protocolo de “semana 42” (monitores todos los días e inducción el día indicado). Yo no quería llegar a eso porque sabía que añadiría mucho estrés y también sabía que el estrés es el enemigo número 1 de la mujer en el parto. Ese día hablé mucho con mi bebé, “quiero que salgas, deseo tenerte en mis brazos”. Fui a mi grupo de embarazadas donde comenté a Diana mi temor. Me dio un masaje en los pies, me recordó la importancia de estar tranquila, en calma y de tener mucha oxitocina en el cuerpo. La oxitocina es la hormona del amor, pone en marcha el parto y hace que siga el proceso. Así que cuando salí del grupo fui a caminar con la música del buen rollo puesta, mucha oxitocina, mucha alegría. Caminé mucho… en casa también mucho amor, poca luz, bañito relajante…. Y a las 22.30 rompí aguas. ¡la peque llegaba!

Era una sensación nueva, en mis otros partos no había roto la bolsa. ¡Madre mía cuánta agua salía! Queríamos esperar a que las contracciones fueran constantes pero el agua no era totalmente clara, era algo rosada en ocasiones (luego supe que el color rosado que tenía era normal y se produce cuando la embarazada rompe aguas cuando ya ha comenzado la dilatación). De modo que nos fuimos al hospital sobre las 11. Para evitar que se parase el parto y que alguien me distrajera de mi estado me mantuve casi a tres metros de mi marido, quien entregó los papeles y se encargó de hablar en el mostrador.

La primera matrona que nos atendió, encantadora, me exploró y me monitorizó. Yo tenía contracciones muy espaciadas y apenas dolorosas. No me dijo nada, por lo que di por supuesto que no había dilatado y el MIEDO se volvió a apoderar de mí. Me repetí mi mensaje, mi mantra “confía, relaja”. Pregunté y la respuesta de la matrona lejos de tranquilizarme me angustió aún más pues abrió la puerta a una posible inducción: “veamos cómo va, si las contracciones se paran habrá que inducir, pero no adelantemos veremos paso a paso”. Estoy segura de que su intención era relajarme. ¡Qué importante la comunicación! Dejo aquí una sugerencia por si me lee alguna matrona 😉 “Veo que te preocupa la inducción, lo entiendo. El parto ya ha comenzado, vamos a ir paso a paso, es importante que estés relajada para que esto siga en marcha”

Pasamos a la sala de parto. Me traen la pelota, colchonetas para el suelo y bajan luces. El trato impecable, profesionales con máximo respeto, haciéndome sentir protegida y cuidada. Yo concentrada en cada contracción. Cada vez mas constantes y fuertes. Andaba por la sala mientras mi marido me acompañaba, con distancia, con respeto y con presencia. Pendiente de calentar el cojín de semillas, pendiente de poner el albornoz en la puerta cuando me duchaba, secando mis pies, poniendo sus manos en mis lumbares….cuidándome y observando y viviendo el proceso de forma activa también él.

Cada contracción la vivía con intensidad, paraba, respiraba, cogía aire, me hablaba: “ya queda menos, esto pasa, respira que llega la peque”, me acordaba de Diana, de sus clases. Pensaba en el esfuerzo que estaba haciendo mi hija y la hablaba: “vamos pequeña que ya queda menos, estás haciendo un gran trabajo, pronto estaremos juntos”.

Comienza el cansancio, ya eran las 2:00 de la mañana, más de tres horas sin parar unido a la super martón del día caminando. Me quería sentar. Me sentaba pero la contracción llegaba y necesitaba estar en pie. Reponía fuerzas con el Aquarius y las barritas de cereales y chocolate que habíamos llevado. Me duchaba, el agua fue mi mejor amiga en el proceso. De repente sentí ganas de empujar. No podía ser, pensamos- dudé de mi instinto y preferí preguntar. Llegó el matrón del Hospital, Antonio, al que estoy enormemente agradecida por su respeto, profesionalidad y su frase que me empoderó en aquel momento: “si tu cuerpo te pide empujar, confía, sigue tu instinto, déjate llevar”. Así lo hice. Y a cuatro patas, en el suelo, agarrada a las manos de mi marido y sintiendo que el mundo se paraba, empujé y pocos minutos después, a las 3 de la mañana, teníamos a nuestra hija en brazos. La emoción de verla, de olerla y de sentirla se mezclaba con la sensación de poder y de fuerza. La magia, el don de dar vida. Inolvidable y sanador para mí.

Tuve el parto que quise, fui consciente del proceso, de cada momento y pude tener control sobre mí. Esto no hubiera sido posible sin el acompañamiento de mi marido, sin la profesionalidad del equipo del hospital de Torrejón y  sin el camino de formación e información andado con la compañía de Diana.

Esto me lleva a pensar en el papel que jugamos como adultos referentes en la vida de los más pequeños para empoderarlos desde el nacimiento y darles la llave para gestionar el dolor. Ese será mi próximo post: cómo acompañar para convertir el dolor en aprendizaje de vida.

Gracias por leerme y ayudarme a seguir creciendo con vuestros comentarios.

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6 comentarios en “El camino hacia mi última maternidad

  1. Cuanto me alegro de que hayais tenido esta experiencia tan potente Laura. Es un regalo a la vida. Me ha encantado leer el proceso de cómo afrontaste y conviviste con el miedo y el dolor. Gracias x compartir.

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  2. No te puedes imaginar lo identificada que me siento contigo, mi tercer parto fue tal cual lo cuentas, mis dos primeros, inducidos, el primero con forceps, y el tercero lo quería diferente, natural , participar, y así fue, rompí aguas el dia que salía de cuentas, tras el dia anterior de paseos y nadando, Clara vino al mundo como yo lo sentía, en el hospital de Torrejón también, con mi pelota, con mi saquito de semillas y en el suelo a cuatro patas, como me pedía el cuerpo, como me pedía Clara!

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